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Los partidos, su compromiso con la nación
Por Víctor Manuel Barceló R. Villa Hermosa, Tabasco, 25 de marzo de 2008.- Está transcurriendo la semana Santa o Mayor –como se le quiera denominar- en un ambiente de religiosidad. Pero no se oculta la alta preocupación por la política. Unos, felices de ver la virulencia con que se pretende nominar a la nueva dirigencia de un partido político; otros con seria inquietud, porque son miembros del partido que incursiona en la izquierda y desean su consolidación. También los hay que entienden la conveniencia de contar con una formación política, que tienda al cambio. Esto siempre será saludable para cualquier nación, con mayor razón para un pueblo en busca de su redefinición ideológica y social. Pero el panorama es delicado. El proceso interno del PRD fue puesto en manos experimentadas. Pero no fue suficiente. El encono surgido de intereses, más allá de los específicos de un partido político, y de la obligación de servir a los cambios que la sociedad requiere, conflictuó la “hora de la verdad” electoral, entrampada innecesariamente y, tal vez, lanzada a los organismos nacionales de decisión. Confiamos en que encuentren una solución pronta y saludable, por el bien de todos. Los partidos no pueden olvidar que integran un Sistema. Que se requieren acuerdos en la cúpula –con asentimiento social- para cuidar y vigilar, que la tendencia neoliberal –por cierto en caída universal- que entrega al mercado la actividad económica, mediante la privatización masiva e indiscriminada de la empresa pública, no se consolide, en detrimento aún mayor del mercado interno. Provocaría acumulación mayor de la riqueza en pocas manos. Es tarea nacionalista que marca la misión de una izquierda nacional, en defensa del crecimiento consolidado en una nación pobre, pero que posee los recursos para construir, por si misma, el desarrollo sustentable, que mejore las condiciones de vida de sus habitantes. Esa preocupación debía ser una tendencia de la alta política, por encima de colores y banderías. Consolidar a la nación, sin tutelas extrañas, pudo ser el Acuerdo en la Cumbre, que debió surgir de la transición del año 2000 –que nunca se dio- para que cada formación política –incluida la derecha de añeja tendencia desnacionalizadora- buscara por sus medios y métodos específicos, cumplir tal compromiso. Al no llegarse a esto, queda como paradigma de la vida nacional, aquello que surge de la esencia constitucional: fortalecer un país democrático, republicano, laico, defensor e impulsor del aprovechamiento de sus recursos naturales, para el bienestar de su pueblo y defensor del derecho de otros, a autodeterminarse. En ello, las izquierdas, aún no consolidadas, reciben el impulso de los herederos de la Revolución Mexicana –no todos inscritos en el Partido Revolucionario Institucional- que luchó por el reparto de la tierra, y lo logró, dejando como garantes de la vigilancia de esa tierra -en suelo y subsuelo- a muchos millones de mexicanos. Estos campesinos recibieron de los gobiernos de la Revolución, apoyos para el crecimiento productivo del campo. El avance se detuvo y culminó, cuando el sistema productivo del capitalismo social logrado, no pudo seguir adelante. El neoliberalismo era implantado en el país, con todas sus consecuencias nefastas. Por ahora, el rumbo parece estar perdido. El peligro de corromper el control de nuestros recursos es inminente. En ello participan -por ignorancia o intereses- muchos miembros de las Cámaras de Diputados y Senadores; tal vez convencidos de las bondades del mecanismo de inversión extranjera e incorporación de tecnologías de punta, para ir a grandes profundidades en busca de un tesoro, que está en el subsuelo. En esas estamos, cuando un grupo se desquebraja, jaloneando por el mínimo poder interno. Ojalá las consecuencias no sean el que desatienda sus preocupaciones ideológicas y sociales. Ese grupo no es el único consecuente con los dictados del pueblo, a sangre y fuego, durante la Revolución Mexicana. Hay otros que, a pesar de la mediatización de algunos de sus líderes actuales, están dispuestos a que sigamos buscando el bienestar de nuestro pueblo. Construyamos, juntos, un paradigma que: recoja lo mejor del pasado y lo proyecte en la construcción de una economía que: recupere el mercado interno; modifique las relaciones de la población organizada con los tres órdenes de poder; nos inserte dignamente en la economía universal, distribuyendo equitativamente la riqueza nacional producida. Esta es una obligación para todos los mexicanos. |
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